Las últimas luces del día se iban fundiendo en el horizonte y envolvían la gran bola de fuego que es el sol del desierto. Él fue el último en retirarse detrás de una colina de arena en una lenta agonía.
Después, la oscuridad más absoluta se apoderó del entorno. Las estrellas afloraban como chispas en un firmamento de una transparencia extraordinaria. Hoy, la luna había tenido el detalle de no presentarse. Absorto y probablemente con cara de idiota, me estiré encima de una manta, cara arriba, intentando ampliar el ángulo de visión con el fin de montarme un planetario al natural y en directo.
La brisa era suave y tibia, justo para dejarse sentir en la cara como una caricia. Muy diferente al “siroco” que literalmente nos había enterrado un día antes.
El silencio lo rompían las risas de unos niños que jugaban en la oscuridad. ¿A qué jugarían?. En cualquier caso, no molestaban; todo lo contrario, eran el complemento para que todo tuviera la armonía justa. Eran la conexión entre este mundo y el inconmensurable espectáculo que me ofrecía el firmamento. Así me quedé colgado de un hilo a la arena, o mejor dicho, descolgado. Me sentía más volando y persiguiendo estrellas fugaces que anclado a la tierra.
De repente, un “flash” me deslumbró como una explosión atómica, y “patapam”, caí como un saco encima de la manta. Intentando ubicarme, empecé a reconocer el terreno. La manta era áspera y de unos colores indefinidos. Más allá y mediante el tacto identificaba el suelo de arena. Ahora tocaba identificar la procedencia de la luz.
Levantando la vista, descubría un fluorescente colgado del techo de la barraca que nos habían habilitado para dormir. Ese era el responsable de mi caída. Mohamed había conectado un hilo a una batería de 12 voltios, fuente de alimentación de una precaria instalación que acababa en el susodicho fluorescente. El hilo pasaba por un interruptor que pretendía dar una sensación de modernidad que evidentemente no conseguía.
A pesar de ello, no todo el mundo disponía de esta tecnología para poder encender y apagar la luz apretando un botón pegado a una pared de barro. Todo un lujo.
En cualquier caso era muy útil disponer de su luz suficiente para que Jadietu nos preparara un té al caer la noche. Jadietu, esposa de Mohamed, no habla mucho; te mira, sonríe y va haciendo el té con un ritual indescriptible que dura el tiempo suficiente para que se descargue la batería. Siempre prepara tres: el primero amargo como la vida, el segundo dulce como el amor y el tercero suave como la muerte. El hornillo de carbón donde calienta el agua emite un aroma de incienso que ambienta el habitáculo de la barraca y hace que por unos momentos me transporte a tiempos remotos, cuando esta gente de tradiciones nómadas recorría el desierto en busca de las escasas pasturas para alimentar los rebaños de ovejas, cabras y camellos. Pero el aroma del incienso y la frialdad de la luz artificial se mostraban como una combinación imposible. Como el aceite y el agua que se tocan pero no se mezclan. Las contradicciones me forzaban a abandonar mis viajes por el espacio y el tiempo.
Todo ello me ubicó de nuevo en la realidad geográfica y humana. Estaba en Smara, uno de los campamentos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.
Hacía un dia que habíamos llegado, esta era la segunda noche. De noche, la falta de luz hace que tiendas a olvidar el entorno. De día, la realidad te come. Las risas de los niños que de noche juegan a no se que, tienen cara. La manta es de color azul y rojo descolorido con dos agujeros que cada vez que los miras parecen más grandes. El fluorescente cuelga de un techo de uralita que se aguanta encima de cuatro paredes de barro; en una de ellas está hábilmente instalado el interruptor. La batería se recarga por medio de una placa solar que está rota por un extremo. Hace ocho años se la regaló un cooperante húngaro a Mohamed. Tardó un año más en conseguir la batería, fruto de un intercambio de artículos de vete a saber que procedencia. Mohamed lo explica orgulloso.
De día, puedes mirar al horizonte y centenares, miles de barracas se intercalan con “haimas” de lona que se esparcen por la “hamada”. Aquí viven 180.000 personas. ¿Viven? me pregunto, o simplemente se están. Ya hace más de treinta años que están y tienen una barraca de barro con un fluorescente que da luz un par de horas, justo lo que se tarda en preparar un té como Alá manda y un firmamento infinito lleno de estrellas que afloran como chispas. Y nada es suyo.
Ahora, al anochecer, bajo el cielo incandescente del neón, vuelvo a recordar las risas de aquellos niños que hacen de hilo conductor entre el cielo infinito y la arena que los ata al exilio.
Y así será hasta que el pueblo saharaui retorne a su tierra.
Injusto es su exilio; pero más injusto sería mi olvido.